Estos son mis abuelitos, Lao y Tao. Lao me ha dicho que tiene 102 años, Tao no lo sé. Lao está soltero pero es padre y orgulloso de serlo. Tao lleva una gran corona de cabellos amesados sobre su cabeza.


Experimento la edad de la Vida, su vejez, su decrepitud. Desde épocas incalculables transcurre sobre la superficie del globo gracias al milagro de esa falsa inmortalidad que es la inercia; se retrasa aún en los reumatismos del Tiempo, en ese tiempo más viejo que ella, extenuado en su delirio senil, en el hartazgo de sus instantes, de su duración chocheante.

Y experimento todo el peso de la especie y asumo toda su soledad. ¡Ojalá desapareciese!, pero su agonía se prolonga hacia una eternidad de podredumbre.

No me gustan más que la irrupción y el desplome de las cosas, el fuego que las suscita y el que las devora. La duración del mundo me exaspera; su nacimiento y su desaparición me encantan. Vivir bajo la fascinación del sol virginal y del sol decrépito; saltarse las pulsaciones del tiempo para captar la original y la última... , soñar con la improvisación de los astros y con su decantación; desdeñar la rutina de ser y precipitarse hacia los dos abismos que la amenazan; agotarse en el debut y en el término de los instantes...

único progreso del que jactarnos


Durante toda mi vida he luchado conmigo mismo con la única intención de dejar de hacerlo. Resultado: ninguno.

Dichosos quienes ignoran que madurar es asistir al empeoramiento de las propias incoherencias y que ese es el único progreso del que deberíamos poder jactarnos.


La mayor proeza de mi vida es hallarme todavía vivo.

Contra el progreso


Vivir en cada instante

¡Ser incapaz de vivir en cada instante, no poder vivir más que en el porvenir o en el pasado, en la ansiedad o en la nostalgia! Los teólogos son categóricos: esa es la condición, la definición misma del pecador. Un hombre sin presente.

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Se ha criticado a Homero (el propio Heráclito sostuvo que merecía el látigo) porque no se andaba con rodeos, porque sus dioses, al igual que los mortales, actuaban como verdaderos canallas. La filosofía no les había hecho aún decentes, anémicos, blandos. Jóvenes, vivos y bien vivos, compartían con los humanos su pasión por lo nefasto. Según demuestra la historia, lo que más se debe temer es la aurora de una mitología. Lo ideal serían dioses fatigados y eternos. Por desgracia, cuando llegan al estadio en el cual el cansancio sucede a la ferocidad, no sobreviven mucho tiempo. Otros, vigorosos e inclementes, les reemplazan. De esta manera vamos indefinidamente de lo apacible a lo siniestro, del reposo a la epopeya.

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Comprendí que había envejecido cuando advertí que la palabra Destrucción perdía poder en mí, que ya no me provocaba aquel escalofrío de triunfo y de plenitud parecido a la oración, a una oración agresiva...

El tiempo está carcomido por dentro, exactamente igual que el organismo y que todo lo contaminado por la vida. Decir tiempo es decir lesión ¡y qué lesión!

Aquel día, tras una serie de reflexiones más bien lúgubres, se apoderó de mí ese amor morboso por la vida que castiga o recompensa únicamente a quienes están condenados a la negación.



Ya el amor y el perdón fugaz de la culpa del ser amado, ya su corrupción, es la madre terrible de las acusaciones. La telaraña de la culpa invade los hogares, las patrias y los laboratorios. ¡Oh, progenitora de la ciencia! Pues ¿no has engendrado la fructífera idea de la causalidad? Culpa y causa, religión o moral, ciencia o cierta filosofía...

No contentos con haber preconizado la idea de progreso, se han apoderado de ella con un fervor sensual y casi impúdico. ¿Contaban, cuando la aceptaron sin reservas, con aprovechar la salvación que promete a la humanidad en general, beneficiándose de una gracia, de una apoteosis universal? No quieren admitir este truismo, a saber: que todos nuestros desastres datan del momento en que hemos comenzado a vislumbrar la posibilidad de algo mejor. Si viven en un callejón sin salida, lo niegan con su entendimiento. Rebeldes contra lo ineluctable, rebeldes contra sus miserias, se sienten más libres en el momento mismo en que lo debería encadenar su espíritu. ¿Qué esperaba Job en su muladar, qué esperan todos ellos? Optimismo de apestados...




Desde los tiempos más remotos, el hombre se aferra a la esperanza de una conflagración definitiva que le libraría, de una vez por todas, de la historia. Lo significativo es que lo haya deseado tan pronto, prácticamente en sus comienzos, cuando los acontecimientos no podían abrumarle demasiado. Debemos pensar que su terror ante lo que le reservaban los siglos era tan vivo, tan neto, que inmediatamente se trocó en certidumbre, en visión, en esperanza....

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Cioran, “La tentación de existir”

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Soy vieja, sí, soy vieja. Siempre creí que iba a morir muy joven y ya ves. La vejez es la mejor época de la vida. No tengo pasiones ni ambiciones y me siento plácida, como si estuviera flotando y viéndolo todo desde lejos. Si no fuera porque el cuerpo no responde y porque casi todas las personas que he querido se han marchado ya... Me quedan dos o tres amigas de mi edad. Pero bueno, tengo otras más jóvenes.

Mercedes Salisachs, en una entrevista con noventa y dos años, habiendo publicado su ultima novela "Entre la sombra y la luz".