"El hombre europeo, desde el principio de la Edad Media, ha tenido una relación con algo que él llama, indistintamente, la locura, demencia, sinrazón. Quizás se deba a esta presencia obscura que la razón occidental deba algo de su profundidad, como el que da la luz o mayéutica de Sócrates, los pensadores deben algo a la amenaza de la obscuridad. En todo caso, el nexo de la locura y de la razón constituye para la cultura occidental una de las dimensiones de su originalidad; acompañó ya esa cultura mucho antes Jerónimo Bosch, y le seguirá después Nietzsche y Artaud.

¿Cuál, entonces, es esta confrontación que se manifiesta en la lengua de la razón?

Esta forma particular de sensibilidad se remonta a las características apropiadas de la locura en un mundo de la no-razón. Se refiere, sobre todo, al escándalo. En su forma más general, es el confinamiento lo que aquí es explicado, o por lo menos justificado, por el deseo de evitar el escándalo. Incluso significa de tal modo un cambio importante en el sentido del mal.

El renacimiento había permitido libremente las formas de sinrazón que podían advenir hacia fuera, hacia la luz del día; el ultraje público dio al mal las energías del ejemplo y del rescate. Gilles de Rais, acusado, en el siglo XV, de ser un heretico, un apóstata, hechicero, un sodomita, un invocador de espíritus malvados, un aliviador del dolor, asesino de inocentes, un idólatra, con el mal por la desviación de la fe, terminó por reconocer que admitía los crímenes suficientes que le acusaban de las muertes de diez mil personas en la confesión extrajudicial; él repitió su discurso en latín ante el tribunal; entonces él pidió, por propio acuerdo, que la confesión dicha se debería publicar en la lengua vulgar y exhibir a cada uno de esos presentes, la mayoría de los cuales no conocían ningún latín, la publicación y la confesión de su vergüenza y de las ofensas dichas que él confió, la forma era así la más fácil para obtener la remisión de pecados, y la misericordia del dios para el perdón de los pecados confíados. En el ensayo, la misma confesión fue requerida antes de su representación formal: el juez de presidencia le dijo que él indicara su caso completamente, y la vergüenza que él ganaría de tal modo serviría para disminuir los 66 castigos del retruécano que él sufriría de aquí en adelante.

Hasta el siglo XVII no fue considerado que el mal en todas sus formas más violentas y la mayoría más inhumanas no podría ser tratado y ser castigado, a menos que fuera detraído del juicio abierto. La luz en la cual la confesión fue hecha y el castigo ejecutado podrían solamente balancear la oscuridad en la cual el mal se publicó. Para pasar a través de todas las etapas de su cumplimiento, el mal debería incurrir necesariamente en un juicio público y la manifestación antes de alcanzar la conclusión que lo suprime.

El confinamiento, por el contrario, no traiciona una forma de conciencia a la cual el poder inhumano sugiere solamente vergüenza. Hay en los aspectos del mal algo que tiene tal energía de contagio, tal fuerza de escándalo que cualquier publicidad puede que los multiplique infinitamente. Solamente el “oblivion”, el olvido -el plano de lo inexistente u oscuro- podía
suprimirlos.

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Entonces, y solamente entonces, podemos determinar el reino en el cual el hombre de la locura y el hombre de la razón, separándolos, no están todavía separados; y en una lengua incipiente y muy cruda, anterior a la ciencia, comienza el diálogo de su apertura, atestiguando a la manera de unfugitivo que todavía hablan la una a la otra. Aquí locura y no-locura, razón y la no-razón están inextricablemente implicadas: inseparables en el momento cuando todavía no existen, y existiendo para una, en lo referente a la otra, en el intercambio que los separa.

En el mundo del serené griego y de la enfermedad mental, es un hombre que se comunica no más con el loco: por un lado, el hombre de la razón delega al médico la locura, de tal modo autorizando una relación solamente con la universalidad abstracta de la enfermedad; en el otro,
el hombre de la locura se comunica con la sociedad solamente por el intermediario de una razón igualmente abstracta que sea el constreñimiento de una orden, física y moral, la presión anónima
del grupo, los requisitos de la conformidad. En cuanto a un lenguaje común, no hay tal cosa; o no hay algo más de tal cosa; la constitución de la locura como enfermedad mental, en el final del siglo XVIII, produce la evidencia de un diálogo quebrado, postula la separación según lo efectuado ya, y empuja en el “oblivion” o confinamiento todo eso que se balbuceó, las palabras imperfectas sin sintaxis fija en la cual el intercambio entre la locura y la razón fue hecho.

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Ningunos de los conceptos de psicopatología, incluído y especialmente el proceso implícito de retrospección, pueden desempeñar un papel de organización. Cuál es el constitutivo de la acción que divide la locura, y si no la ciencia es la que lo elaboró una vez que se haga esta división y
se restaure el momento de la tranquilidad. Cuál es el origen de esta escisura que establece la distancia entre la razón y la no-razón; la subyugación a la razón de la no-razón, el origen de su verdad como locura, crimen, o enfermedad, deriva explícitamente de este punto."

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Michel Faoucault, “Locura y Civilización”

European man, since the beginning of the Middle Ages, has had a relation to something
he calls, indiscriminately, Madness, Dementia, Insanity. Perhaps it is to this obscure
presence that Western reason owes something of its depth, as the mayeutic of the Socratic reasoners owes something to the threat of obscurity. In any case, the Reason-Madness nexus constitutes for Western culture one of the dimen-sions of its originality; it already accompanied that culture long before Hieronymus Bosch, and will follow it long after Nietzsche and Artaud.

What, then, is this confrontation beneath the language of reason?
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This particular form of sensibility traces the features proper to madness in the world of
unreason. It is primarily concerned with scandal. In its most general form, confine-ment
is explained, or at least justified, by the desire to avoid scandal. It even signifies thereby an important change in the consciousness of evil. The Renaissance had freely al-lowed the forms of unreason to come out into the light of day; public outrage gave evil the powers of example and redemption. Gilles de Rais, accused, in the fifteenth cen-tury, of having been and of being "a heretic, an apostate, a sorcerer, a sodomite, an invoker of evil spirits, a soothsayer, a slayer of innocents, an idolater, working evil by deviation from the faith," ended by himself admitting to crimes "sufficient to cause the deaths of ten thousand persons" in extrajudiciary confession; he repeated his avowal in Latin before the tribunal; then he asked, of his own accord, that "the said confession should be published in the vulgar tongue and exhibited to each and every one of those pres-ent, the majority of whom knew no Latin, the publication and confession to his shame of the said offenses by him committed, in order the more easily to obtain the remission of sins, and the mercy of God for the pardon of the sins by him committed." At the trial, the same confession was re-quired before those assembled: he "was told by the Presid-ing Judge that he should state his case fully, and the shame that he would gain thereby would serve to lessen the punishment he would suffer hereafter."

Until the seventeenth century, evil in all its most violent and most inhuman forms could not be dealt with and punished unless it was brought into the open. The light in which confession was made and punishment executed could alone balance the darkness from which evil issued. In order to pass through all the stages of its fulfillment, evil must necessarily incur public avowal and manifestation before reaching the conclusion which suppresses it.

Confinement, on the contrary, betrays a form of con-science to which the inhuman can
suggest only shame. There are aspects of evil that have such a power of conta-gion, such a force of scandal that any publicity multiplies them infinitely. Only oblivion can
suppress them.

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Then, and then only, can we determine the realm in which the man of madness and the
man of reason, moving apart, are not yet disjunct; and in an incipient and very crude
language, antedating that of science, begin the dia-logue of their breach, testifying in a
fugitive way that they still speak to each other. Here madness and non-madness, reason and non-reason are inextricably involved: insepa-rable at the moment when they do not yet exist, and exist-ing for each other, in relation to each other, in the exchange which separates them.

In the serene world of mental illness, modem man no longer communicates with the madman: on one hand, the man of reason delegates the physician to madness, thereby
authorizing a relation only through the abstract universal-ity of disease; on the other,
the man of madness communi-cates with society only by the intermediary of an equally
abstract reason which is order, physical and moral con-straint, the anonymous pressure
of the group, the require-ments of conformity. As for a common language, there is no
such thing; or rather, there is no such thing any longer;
the constitution of madness as a mental illness, at the end of the eighteenth century,
affords the evidence of a broken dialogue, posits the separation as already effected, and thrusts into oblivion all those stammered, imperfect words without fixed syntax in which the exchange between mad-ness and reason was made.

None of the concepts of psychopathology, even and especially in the implicit
process of retrospections, can play an organizing role. What is constitutive is the action
that divides madness, and not the science elaborated once this division is made and
calm restored. What is originative is the caesura that establishes the distance between
reason and non-reason; reason's subjugation of non-reason, wresting from it its truth as madness, crime, or disease, derives explicitly from this point.”

Foucault, “Madness and Civilization”

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Foucault nos habla aquí del papel de las ciencias humanas y sociales, del desenmascaramiento de las mismas, en la relación que mantienen ellas con el lazo del deseo y de la locura humana así como ante el papel de la razón.

Diríase que todo lo ligado con la institución está relacionado con el deseo y con una verdad formal, y que además nos procura la tranquilidad, y no sólo eso sino también la serenidad a través de la transparencia, de la realidad que tiene una luz y un nombre, que puede ser nombrada. Todo ello es lo que sirve de justificación para el papel de la verdad.

En cierta forma las ciencias sociales responden al estudio objetivo de la sociedad pero ellas mismas han trazado una división al interponerse ante ella como una forma prominente de estar en la sociedad.

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