Publicidad:
La Coctelera

filosofía y providencia

10 dic 08

La historia no es la simple parusía y epifanía del Espíritu, sino que es, a la vez, su producto, “porque el Espíritu es solamente lo que él produce y su hecho es hacerse aquí en cuanto espíritu objeto de la propia conciencia”.

Una vez que por medio del sacerdocio filosófico logra la comprensión de sí mismo, Hegel enuncia la frase que suspende admirativamente a Weil: “la realización de una comprensión es a la vez su enajenación y tránsito”, que es paralela al aviso que se nos diera en el prólogo: “la filosofía, por lo menos, llega siempre demasidado tarde”. Frases ambas que, como dos columnas, nos dan el non plus ultra del sistema.

No podemos cambiar lo que no existe ni podemos pensar o prever lo que no va a existir; aun admitiendo aristotélicamente que sea el conocimiento la facultad más elevada, la única que merece la pena, la que nos asimila al espíritu, habremos de ir conociéndola sucesivamente en sus manifestaciones, de las que nuestro propio conocimiento de él forma parte.

Ese autoconocimiento da a todo su carácter providencial; la misma idea de Providencia no es otra cosa que el disfraz bajo el que el espíritu se ha acercado a sí mismo en el pasado.

El espíritu en su comprensión se eleva pero si Hegel ha dado ya esta comprensión, ¿qué tarea le queda?, ¿cómo la sobrepasará en el futuro sin hacerla falsa o parcial? Hegel encuentra una salida, algo engorrosa, pero que abre cierto futuro. De ahora en adelante podemos comprender la comprensión de la comprensión.

El espíritu una vez que se comprende se fija y se enajena y entonces ya no es lo que es. Pero si comprende esta comprensión, cómo la doble negación funciona en el sistema de un modo perfectamente analítico, se positiviza de nuevo, se recupera. Y en esta recuperación se eleva otra vez.

Por lo tanto, la salida para la marcha de la Historia de cuya singularidad nada podemos saber, es sin embargo diáfana en la idealidad. Seremos primeros hegelianos y tras esto iremos comprendiendo nuestras propias comprensiones, con lo que inmediatamente se genera un proceso de perfectibilidad del que no cabe pretender que lleve al infinito malo.

En todo caso, la providencia ya nunca nos será ajena y no tendremos que esperar a que Dios suscite profetas según su arbitrio: estamos en situación de serlo todo si trabajamos lo bastante, aunque no de meros hechos puntuales sino de la idealidad.

De una idealidad que es la realidad auténtica y que deja fuera la siguiente enumeración: “La justicia, la virtud, lo injusto, la violencia y el vicio, las capacidades y sus productos, la culpabilidad y la inocencia, las pequeñas y las grandes pasiones, la magnificencia de la vida individual y del pueblo, la independencia, la felicidad o infelicidad de los Estados y del pueblo”. Todo ello lo escribe en su “Filosofía del derecho”.

Todo eso son puntos de vista accidentales que la historia, el supremo juez, no considera; en su seno no tienen justificación ni dejan de tenerla, desde el momento en que el espíritu se justifica en su inmanencia.

~
En lo que llevamos de historia se han sucedido cuatro periodos de dominación de un pueblo que se hace corresponder con cuatro formas de conocerse el espíritu a sí mismo: El oriental, que es la identidad; el griego, la hermosa individualidad moral que sabe de lo substancial; el romano, la universalidad abstracta. Por último, el germano que reconcilia al espíritu de la objetividad. De todo lo demás ni una palabra.

El último pueblo al que Hegel pertenece lo que sin duda es una prueba de la mutua superioridad, tiene como tarea “comprender” la posibilidad infinita de su interioridad, el principio de unidad de la naturaleza divina y de la naturaleza humana, la reconciliación de la verdad objetiva y de la libertad, que aparecen una y otra en el interior de la conciencia de sí de la subjetividad.

En fin, dejemos que de tales cosas sea juez aquella a quien Hegel instituyó como única, la misma historia, que suele ser implacable con los historicismos.
~

Hemos estado esperando de Hegel la solución al problema de la objetividad, que llegará en sus obras más maduras.

Y he recibido entre otros comentarios la acusación de que Hegel crea sus "absolutos irreligiosos", y acaso pregunto ¿no es eso el Derecho?

Entrocamos aquí con su filosofía del Derecho. Hay desde la propia filosofía y desde otras disciplinas lingüísticas no poca confianza al no querer leer bien a Hegel, los que somos filósofos del Derecho debiéramos saberlo, el Derecho es un absoluto dentro de lo posible, y ahí está, y el sistema de Derecho lo podemos estar viendo cómo actúa. Por eso decía que tan peligroso es admitir un sistema como no admitirlo, lo que quiere decir no verlo, porque a veces este se está reproduciendo del modo oscurantista con que la Reforma terminó ejerciéndolo, ese modo contra el cual luchó Hegel directamente, y ya sin el comedimiento de Kant, para poder arbitrar un lenguaje propio y autónomo del Derecho. Si no entendemos así a Hegel, es como querer entender al mismo demonio, como si todo el Derecho fuese perversión de voluntad de poder, y no lo es. Habría que admitir algun modo de absoluto y de ubicarlo en la realidad estaría en el hecho institucional, qué duda cabe, aunque este hecho institucional merecería una nueva fundamentación objetiva que no entrañase un sistema encerrado y que a su vez no relegase el aspecto de la subjetividad como algo de la mera moral, y que la moral no fuese una especificidad respecto del derecho, más bien sería el lenguaje práctico toda ella, y por tanto el presupuesto racional de aquel.

~

"Hemos estado esperando de Hegel la solución a la objetividad con la que desde siempre desde sus primeros escritos quisimos contar según su promesa.
No ha quedado más remedio que ir acudiendo a obras cada vez más maduras. La “Filosofía del derecho” de la que se puede decir en verdad que es la última porque nada tras ella publicó en vida, nos ofrece como solución que la objetividad, por lo que al deber ser y la moral respecta, es el Estado. Tras tan largo camino puede parecer decepcionante que se nos proponga abandonar la “mera moral” a fin de regocijarnos con el espectáculo de las naciones lanzadas en la historia a la lucha de todos contra todos.

En estos resultados han confluido varios tópicos que Hegel fue esbozando aquí y allá a lo largo de su obra. El supuesto objetivismo moral del System, la nostalgia de una nueva eticidad y su fecundo encuentro con el Estado prusiano; las ideas de libertad que forman parte de su herencia ilustrada, el historicismo de Herder, la moral de Kant... y tantas otras que hemos visto nacer, morir o mantenerse.

Si quisiéramos resumir una posición respecto a la “Filosofía del derecho” tendríamos que quedarnos con Popper y no con Avineri, y eso a pesar de que Kaufmann, excelente expositor de Hegel, reconoce a esta última el haber desbloqueado a Hegel de la escolástica marxista, lukasiana o marcusiana
Cuando se propone al Estado como máximo juez de la moral, cuando se expulsa del mundo todo lo que sea deber ser, cuando se malinterpreta a Kant con la malevolencia con que Hegel lo hace, no queda más remedio.

Si Hegel decidió traicionar su herencia ilustrada y los primeros objetivos de su juventud, si esa traición le reportó además éxito, si la consumó tan perfectamente que la transformó en un nuevo sistema, en el que las justificaciones llegaron a brillar más que los pensamientos originalmente denostados, no por su nitidez deja de ser lo que es.

A lo largo del conocimiento de Hegel, sus excursiones al objetivismo fueron convirtiéndose en un callejón sin salida y una puerta para una "anomia" verdadera.

Todo era cierto y falso a la vez, hasta que la pétrea realidad del Estado nos devolvía al humildísimo lugar de la subjetividad a la que nada justifica.

Hegel es un historiador mejor o peor, pero un señalado filósofo de la historia, quizá incluso magnífico pese a que sus análisis repugnen. Podemos extraer de él algunas enseñanzas además de las de la negatividad, tan importantes.

Nos ha mostrado eficazmente lo que “no” hay que hacer y ha denunciado algunos límites verdaderos de la moral, como su formalismo. Pero su punto de vista “objetivo” no es admisible. Pretende que no tiene doctrina ni presupuestos, sino que simplemente expone, según una sistemática no hermenéutica, la realidad misma.
Muestra el todo de la historia, o la parte que quiere conocer, desde su óptica particular, que identifica con el espíritu mismo. En estas cosas, que puede parecer que caen por su peso, nunca se insistirá suficientemente.

Como jamás se recalcará suficientemente que es ineludible la crítica frontal a su punto de vista, porque, remedando a Platón, no es la moral una cuestión baladí, sino que trata de la conducta humana.
En la opción que Hegel escogió reside, para él mismo, la partee sapiencial de su teoría y, justamente porque esto es así, nada de ella es accidental o puede ser reemplazado por otra cosa. Es como es, totalitaria; llama necesario a lo que llama necesario, a lo no abstracto, formal ni moral; real a lo que nombra real, su Estado tal y como lo constituye; objetivo, a cuanto existe en su propuesta.

No cabe considerarlo seria y profundamente como un alumno no nacido de Marx con algún otro desliz, ni tampoco como el liberal qaue nunca fue. Hacer esto puede ser un interesante ejercicio de exégesis, hagiografía, pero no se puede aceptar por prudencia. Tampoco conviene hacerle decir lo que no dice para alabar indirectamente la memoria de algunos comentadores suyos anglosajones.

El problema con Hegel es que dice exactamente lo que dice y que a eso podemos y debemos responder con nuestra opinión, puesto que nos exige imperiosamente el asentimiento.

Porque Hegel ha dicho cosas muy graves y si acusó a los ilustrados por sus palabras, con la misma vara puede ser medido. Si su insulto favorito es “moral” puede ser considerado entre sus adversarios, hecho innegable desde el momento en que explícitamente en 1803, negó la posibilidad de emitir juicios morales sobre el mundo o el pretender que este se adecuara a nuestras vagas ideas morales.
Porque lo poco que de este mundo ha cambiado, lo ha hecho gracias a no haber seguido sus consejos.
~

Hegel que vive el mundo del colonialismo más brutal, no tiene reparo en mantener que es lógico que las naciones cultas no estimen en nada los supuestos derechos de los pueblos bárbaros; su derecho a su independencia o sus bienes “es puramente formal” por lo menos hasta que puedan oponerse por medio de la guerra triunfante y alcancen así su reconocimiento.
Russel hizo la observación sarcástica de que la historia necesaria del espíritu coincidía pasmosamente con lo que Hegel conocía, en sus “Ensayos impopulares” y ciertamente no le faltaba razón.

Para concluir haría mías las palabras con que von Thaden, el contemporáneo y más lúcido crítico de la “Filosofía del derecho” que Hegel tuviera, abría la carta en que transmitía a Hegel su decepción, carta que no obtuvo respuesta: “Lo que es bueno, lo que es excelente, lo que es justo en esta teoría del derecho, usted lo sabe mejor de lo que yo pueda expresarlo, con supérfluas alabanzas, yo, un discípulo familiar... Escuche más bien lo que a esta alma fiel ha disgustado de su política, al discípulo celoso de su filosofía, y no desprecie mi franqueza si yerro yo mismo al combatir un error y si, justificadamente, estoy en desventaja... El análisis de una cosa no es bastante para volver a esa cosa buena. La sentencia más grande, la más alta y la más importante de todas: “Lo que existe es también lo que es bueno y racional” es verdadera filosóficamente, pero políticamente es falsa”. En cuanto a su rendimiento moral cabe decir lo mismo."

Amelia Valcárcel

Aunque quizá me haya extendido ya demasiado.

O anclamos la moral en un mundo de valores que nos viene dado por la cultura o la anclamos en principios que hallan su morada en lo subjetivo. Con tal disyuntiva se enfrentó la filosofía en la alborada de la modernidad. Ambas sendas quedaron abiertas desde entonces, Kant tomó la segunda, Hegel la primera. Y a la sombra de uno u otro vivimos.
Para Hegel la “moral cristiana”, o la de una “historia realizándose a sí misma” sobre la tierra, o la de una “nación” predestinada y escogida, o, en fin, la del Estado mismo como encarnación de la racionalidad son sucesivamente los depositarios de la moralidad, las fuentes de toda ética.
Lo que resulta irónico, incisivo y un tanto devastador es someter a Hegel a un examen renovado y necesario desde nuestro tiempo un tanto incierto y abierto.
Es posible la objetividad moral pero esta puede medirse por parámetros que lejos del hegelianismo no tienen que ser normativos necesariamente sino que pueden estar dentro de lo moral.
~

La existencia misma del Estado no puede ser una justificación misma, pero tampoco la no existencia. Y ¿qué hacemos además con él una vez que ya existe y hemos visto también sus limitaciones?

Tal vez hemos traído hoy aquí a Hegel, para comprobar que el oscurantismo que antiguamente se dio con la Reforma ahora se está dando también con el Estado y que éste es el que ha cobijado en buena parte la opacidad de la economía financiera. Si hemos de globalizar la economía, globalicemos la política y la moral también, y no dejemos todas las decisiones a un Estado que se excusa de no ser intervencionista, para no inmiscuirse en el laisez faire, pero después interviene cuando se genera un asunto de Estado, que no es sino un problema generado por él, males de los que él mism se otorga remedios para crear la necesidad de que dependemos de él.

Volvemos a ese sistema artificial generador de necesidades y de consuelos y que no tiene solución o fin.

Sería bueno proponer ahora un sistema distinto pero no negarlo, pues la negación como diría la propia dialéctica de Hegel nos llevaría de nuevo a él.

De todos nosotros depende que construyamos nuestras necesidades y no necesidades inventadas o establecidas por un lenguaje más o menos oscuro o producto del subconsciente, un lenguaje anómico que en su vacío esconde la confusión y la necesidad de atraer un absoluto.

~

Ishtar, brandishing an arch for ethics of interests and necessities!!!

Dialéctica

sin comentarios

sin comentarios

Escriba un comentario: