“Fue muy interesante porque tan pronto como la madre cerró la puerta tras de sí, el chico tomó la palabra y me contó que estaba alarmado porque tenía unos dolores en el pecho muy intensos y, por otra parte, cuando se acostaba, notaba que “su cuello se movía”. Le expliqué que los dolores que experimentaba en el pecho son muy frecuentes y totalmente inofensivos, y responden a un estímulo nervioso; todos los hemos tenido alguna vez, son como una puñalada y no suelen durar más de tres segundos.
Me interesé por el tipo de relación que tenía con su familia y me comentó que sus padres eran “adictos a una sociedad de consumo que o tenía ningún sentido”. Le pregunté si estudiaba o trabajaba, a lo que me contestó que “estaba pensando qué quería hacer con su vida”, y que se estaba planteando la posibilidad de marcharse durante una temporada a un país africano donde pudiera ser realmente útil. Entonces me contó que había dejado la universidad en segundo de carrera, con 19 años. Quise saber qué había hecho en los últimos cuatro años y me dio la respuesta que ya me había dado minutos atrás: pensar. Había dedicado los últimos años de su vida a pensar en los problemas de la sociedad de consumo y había llegado a la conclusión de que “no quería participar en el mundo capitalista imperante”.
Joe hablaba de forma algo descoordinada y estaba tembloroso. Me llamó la atención que su pulso fuera de 120 (el pulso de una persona de esa edad suele ser de entre 60 y 80 pulsaciones por minuto) y que tuviera una presión arterial de 130/90 y los ojos bastante rojizos. Las pruebas de corazón descartaron que padeciera una enfermedad cardiovascular y los análisis de sangre mostraron que la glándula tiroidea era completamente normal.

Le pregunté si tomaba alguna sustancia y me dio una respuesta muy típica en este tipo de paciente: “Realmente, no”.
No falla: el “realmente, no” siempre quiere decir “realmente no tomo más sustancias que mis amigos” o “realmente no tomo cantidades que sean preocupantes” o “realmente, sí”. Mi reacción ante el “realmente no” es idéntica a la que tengo ante el tipo de paciente que de repente asegura que me a “contar la verdad” y automáticamente sé que suele mentir.

Efectivamente completó su explicación con un “tomo lo que toman todos”. Joe se fumaba diariamente quince cigarrilos de marihuana y una cajetilla de tabaco. Según él, cuando fumaba, se relajaba y se encontraba mejor. Había seguido este ritual de relajación en los últimos seis años.
Siempre se acostaba tras fumar dos o tres cigarrillos de marihuana. Esta sustancia aumenta el ritmo cardiaco y, por ese motivo, cuando apoyaba la cabeza en la almohada, notaba que los músculos del cuello se movían. Mi diagnóstico fue de chico ansioso, sin objetivos y dependiente de la marihuana y del tabaco.

El chico estaba perdido y confundido. Criticaba a sus padres por participar activamente en una sociedad de consumo que él detestaba y se escapaba mentalmente a Africa. Y la dura realidad es que él vivía a costa de la sociedad que tanto criticaba -sin la ayuda económica de sus padres no podría haber dedicado cuatro años de su vida a pensar y a fumar tabaco y marihuana- y nunca había dado el paso de viajar al continente africano, sino que se había quedado en su apartamento de Manhattan. Otra incongruencia, y la veo continuamente en mi consulta, es que estaba realmente preocupado por su cuerpo y, al mismo tiempo, se estaba autodestruyendo porque no le daba ninguna importancia al hecho de fumar tabaco y marihuana.”
Valentín Fuster
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“Verdaderamente no sabemos si la intervención del psiquiatria fue terapéutica o un fracaso. Podemos afirmar que no tuvo éxito inmediato, pero no hay que descartar la posibilidad de que las visitas al psiquiatria contribuyeran a preparar a Joe para volver con una actitud más abierta a la consulta unos años después.
En cualquier caso estoy de acuerdo con Valentín en la importancia de hablar y escuchar a los pacientes con problemas psicológicos, aunuqe me temo que cuando los adultos no quieren hablar con los jóvenes y los jóvenes no quieren hablar con los adultos, la opción de las pastillas es atractiva. Quizás esto explique, al menos en parte, que en las dos últimas décadas el número de recetas médicas de antidepresivos prescritas a jóvenes se haya cuadriplicado en los países más ricos.
Efectivamente bastantes psiquiatras han pasado de la psicoterapia a la farmacia, y a menudo combinan diversos medicamentos para corregir determinados comportamientos y estados de ánimo. Es cierto que a veces ésta es la única forma de aliviar el sufrimiento de pacientes que padecen trastornos muy recalcitrantes. No obstante, el conocimiento a fondo del enfermo y saber cómo forjar y utilizar la comunicación y la relación médico-paciente con fines terapéuticos son herramientas insustituibles.
Volviendo a Joe, intuyo que Valentín, probablemente sin darse cuenta, agarró el teléfono y lo llamó en el momento oportuno, motivado por la conversación que había mantenido con su hermana. En esta segunda oportunidad que se dieron, el joven estaba preparado para cambiar. El interés de Valentín le causó un profundo impacto y, por otra parte, las malas noticias sobre su estado de salud que recibió poco después le convencieron de que tenía que dar un giro de 180 grados a su vida.
En ese momento el vínculo entre médico y paciente se estrechó porque compartían un objetivo común: ambos comprendían la importancia de cuidar el propio cuerpo.”
Luis Rojas Marcos

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Del libro común de ambos autores: “Corazón y mente (claves para el bienestar emocional y físico)"