Tus palabras son una luz de antorcha en la noche.

Ya no me queda nada. Entre el paso del tiempo dejado o abandonado he llegado a pensar que te consideras responsable de mí, no yo de ti.

Al menos cuando te escribo tengo la sensación de que te mantienes ocupado y tranquilo.

Un vacío oscuro había penetrado, no obstante, en mí por la ausencia prolongada. Esa carencia vital es una verdad honda que me embriaga atrayéndome hacia el fondo de mi abismo.

Ya no me queda nada.

Serán pensamientos puros los que me acompañan, pero son fuego que vive en mí. Como una física rudimentaria que delimita el marco y el principio de mis tormentos.

Jamás con tanto amor sintió latir su corazón como ahora late. Comprimiéndose desciende al hondo camarote de su viaje.

Se eleva entre ruinas, triste parece que el pasado llore. ¿Qué corazón al misterioso encanto

no responde?