Tú me podías haber dicho aquello que le decía Proust a Albertine: “No vengas, no, por favor”, aquello que era completamente un contrasentido emocional. Porque lo que quería era que viniese.
Yo esperaba que dijeras algo así, pero me aconsejaste de un modo que era tajante, no cabía la emoción.
Vi que tu ciudad y la mía se separaban como una brecha, esta ciudad que además sólo actúa emocionalmente y no sabemos hacerlo de otra manera. Lo cierto es que llamé a mi amigo de aquí, un viejo amigo del rock y que tiene una relación empresarial con Madrid, lo cierto es que, en principio, lo entendió tenía que hacer lo que tú me habías aconsejado, pero después sentí su cercanía grata al ofrecerse a ayudarme y a animarme a que saliera y disfrutase.
Los amigos sois un tesoro siempre, y no se pueden perder.
Pero en las cuestiones emocionales sucede como con Albertine, la amada fugitiva y la amante prisionera de Proust. Es decir, amas a la amada mientras huye y cuando la haces prisionera quieres que escape otra vez para perseguirla.
Pero no podía estar tan equivocada en algo que había venido viviendo desde todos estos meses. Lo que pasaba es que él me dominaba no sólo con la mente sino con la emoción de los sentidos. La amada mientras más se humillaba era más poseída por el amante, como en el dolor y en el amor de los místicos. Uno sentía más placer con más dolor. Y el que está enamorado siempre está poseído. Si yo era la sierva feliz, si yo sentía que me rendía era feliz, si yo se lo mandase lo hacía de un modo que él sentía que me había herido si no lo hacía. Si él me sintió llorar porque no se conmovía conmigo, despues él me daría su respuesta más pausada, menos fría. Y si me daba su respuesta cautelosa con la herida me gratificaría.
Hay un encantamiento, una posesión siempre en el amor. Aquí en Occidente no lo sentimos así, pero en Oriente está mucho más asimilado.
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Claro que el lenguaje tiene un límite, no vale aquello de Wittgenstein que el lenguaje “hace fiesta” cuando se mira a sí mismo como la mosca que gira para salir del cuello de la botella. El lenguaje tiene un límite que es la ética, que presupone iguales derechos para la capacidad de poder alcanzar un acuerdo, y se trata de una autocontradicción performativa, es decir, de una presuposición objetiva de algo que no existe anteriormente en la realidad, donde está en él incluido la comunidad de diálogo ilimitado y la pretensión de corrección de validez, de la veracidad (intención) y la verdad (incluida la posibilidad de falsabilidad). Si todos nos predisponemos podemos alcanzar un consenso en torno a la capacidad de entendimiento acerca de algo. Y no se trata sólo de la facticidad del ser ahí, es decir, de un simple acontecer histórico y relativo, sino de la propia capacidad objetiva del discurso, la propia autorreflexión discursiva de la ética.
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"El pobre no es libre; en todas partes es un siervo"
"Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo". (autocontradicción performativa que se salvaría por la ética del discurso)
"Voluntad es deseo, y libertad es poder"
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Voltaire
"Temblad ante el esclavo cuando rompe sus cadenas, no tembléis ante el hombre libre" Jean Paul Sartre







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