la espiritualidad de una jovencita no es la de una adolescente
23 abr 09La repetición que no evoluciona cansa, agota, deteriora.
Es evidente que el hecho de vivir en un paisaje urbano nos obliga a olvidar la medida del tiempo que representa el mundo vegetal.
Y finalmente la menopausia marca otra etapa en el devenir del cuerpo y espíritu femeninos, etapa que se caracteriza por un equilibrio hormonal distinto, por otra relación no sólo en lo social sino en lo cósmico. Y me interesa enlazar el devenir de la mujer con el tiempo natural o cósmico, para que desde aquí se favorezca un tiempo disponible para su vida social, cultural y política.
A mí no me preocupa envejecer porque significará que voy a ganar ramas, que siempre seremos jóvenes mientras vivimos porque el día siguiente aprenderemos más, aunque cada etapa signifique desentrañar un enigma.
Si miráis un árbol, veréis que en un año su forma ha cambiado, y no forzosamente para deteriorarse, sino también para crecer en tamaño, en número de ramas. En los humanos su tamaño, su crecimiento pueden ser igualmente espirituales. Tener un año más significa pues dar un paso más en el camino de nuestro devenir.
Sufrir el paso del tiempo como un envejecimiento lleva a olvidar la ventaja, sin duda, que nos exige una elaboración espiritual compleja, múltiple.
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Necesito decirme estas cosas en estos momentos en que me encuentro en un laborioso momento de complejidad espiritual, en que avanzar hacia delante no es la simple repetición o no debería, y en que es muy complejo a pesar de todo hacer evolucionar las relaciones humanas como yo quisiera.
Son momentos en que los sentimientos hierven y es difícil controlarlos, así como las luchas de poder están presentes en ellos. Recuperar las viejas ilusiones, o descubrir cómo reavivar la llama de esa pasión que parece estar apagándose por momentos.
A veces dejar espacio a los sentimientos para la comunicación o el entendimiento, y en definitiva a las emociones, es necesario para mejorar las relaciones personales, porque de lo contrario puede predominar esa tendencia a criticar, a juzgar a los demás y eso puede ser un bloqueo para nuestras relaciones, para poder crear un vínculo sano y positivo.
Esta podría ser una larga etapa de transformación en nuestros afectos y en nuestra forma de amar.
En efecto, la espiritualidad de una jovencita no es la de una adolescente, ni la de una amante, ni la de una madre, ni la de una mujer de cuarenta y cinco años o más. Quizás fue la complejidad de este devenir espiritual lo que entrañó una reducción abusiva de la identidad femenina a la función reproductora como sujeto.
Estas formas de reducción, simplificación y anulación subjetivas acompañan un devenir cultural centrado en los intercambios entre hombres, sobre todo económicos en sentido estricto. Fomentados, al menos en nuestra época, por las religiones monoteístas, y el pensamiento globalizador.
Pero se trata ante todo de cómo salir de esta parálisis o anulación subjetiva, de cómo guardar y cultivar una identidad subjetiva.
La clave de estos hechos ya no está en el individuo que celebra su aniversario, sino que está más allá de todo eso. Más allá de la economía comercial que detenta una parte de esa clave, que los individuos sufren a menudo, aunque encuentren en ello placeres secundarios.
La vida está marcada por una serie de acontecimientos irreversibles que definen las etapas de la edad. Así, sobre todo en la mujer, parte de la pubertad (fenómeno que también se produce en los varones jóvenes), de la desfloración, de la concepción, de la gestación, del parto, de la lactancia, acontecimientos que pueden repetirse sin repetición, que se presentan cada vez de forma distinta. Y es que el cuerpo y el espíritu cambian, se produce una evolución física y psíquica.
La mujer también vive sus menstruaciones siempre vinculadas a la temporalidad cósmica, si lo pensamos, es decir, a la luna, al sol, a las mareas, a las estaciones.
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Me gustaría tener una voz invernal y profunda, aunque cálida. Me gustaría ser el diablo de las montañas, el brujo o la bruja, un ser un poco infantil, y empezar a bailar bajo la lluvia o espantar las moscas mascullando con mi voz y con mi pelo frotándose con un movimiento torpe contra el cielo y la hierba.
