Ese valor, finalmente refinado, espiritualizado, intelectualizado, ese valor humano con

alas de águila y astucia de serpiente: ése, me parece, llámase hoy.

 

«¡Zaratustra!», gritaron como con una sola boca todos los que se hallaban sentados

juntos, y lanzaron una gran carcajada; y de ellos se levantó como una pesada nube.

 

También el mago rió y dijo con tono astuto: «¡Bien! ¡Se ha ido, mi espíritu malvado!

¿Y no os puse yo mismo en guardia contra él al decir que es un embustero, un espíritu

de mentira y de engaño?

 

Especialmente, en efecto, cuando se muestra desnudo. ¡Mas qué puedo yo contra sus

perfidias! ¿He creado yo a él y al mundo?

 

¡Bien! ¡Seamos otra vez buenos y tengamos buen humor! Y aunque Zaratustra mire con

malos ojos - ¡vedlo!, está enojado conmigo, antes de que la noche llegue aprenderá de nuevo a amarme y a alabarme, pues no puede vivir mucho tiempo sin cometer tales tonterías.

 

Él - ama a sus enemigos: de ese arte entiende mejor que ninguno de los que yo he

visto. Pero de ello se venga - ¡en sus amigos!»

Así habló el viejo mago, y los hombres superiores le aplaudieron: de modo que Zaratustra dio una vuelta y fue estrechando, con maldad y amor, la mano a sus amigos, - como uno que tiene que reparar algo y excusarse con todos. Y cuando, haciendo esto, llegó a la puerta de su caverna, he aquí que tuvo deseos de salir de nuevo al aire puro de fuera y a sus animales, - y se escabulló fuera.”

 

Así hablo Zaratustra, Nietzsche

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En este sentido tengo derecho a considerarme el primer filósofo trágico, es decir, la máxima antítesis y el máximo antípoda de un filósofo pesimista. Antes de mí no existe esta transposición de lo dionisiaco a un pathos filosófico: falta la sabiduría trágica; en vano he buscado indicios de ella incluso en los grandes griegos de la filosofía, los de los dos siglos anteriores a Sócrates. Me ha quedado una duda con respecto a Heraclito, en cuya cercanía siento más calor y me encuentro de mejor humor que en ningún otro lugar. La afirmación del fluir y del aniquilar, que es lo decisivo en la filosofia dionisiaca, el decir sí a la antítesis y a la guerra, el devenir, el rechazo radical incluso del concepto mismo de «ser»; en esto tengo que reconocer, en cualquier circunstancia, lo más afín a mí entre lo que hasta ahora se ha pensado. La doctrina del «eterno retorno», es decir, del ciclo incondicional, infinitamente repetido, de todas las cosas, esta doctrina de Zaratustra podría, en definitiva, haber sido enseñada también por Heraclito. Al menos la Estoa, que ha heredado de Heraclito casi todas sus ideas fundamentales, conserva huellas de esa doctrina.”

Ecce Homo, Nietzsche

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En cuanto al caso de Nietzsche encuentro que tiene razón.

 

El paganismo de Nietzsche es un paganismo extranjero. Nietzsche no fue el Pascal del paganismo. No puede haber un Pascal del sistema pagano porque no hay un sistema pagano; y un Pascal precisa de un sistema del cual ser el Pascal. Pascal era un teólogo en verso que escribió en prosa. En el paganismo no hubo teología, siendo esa una ventaja.

En Nietzsche, la contradicción de sí mismo es la única coherencia fundamental.

 

La única gran afirmación de Nietzsche es que la alegría es más profunda que el dolor, que la alegría quiere profundidad, profunda eternidad. Como todos los pensamientos culminantes y fecundos de los grandes maestros, esto significa alguna cosa indefinida y por ello tienen tanta influencia en el espíritu pues sólo en el vacío absoluto puede colocarse absolutamente todo, y el nihilismo y la nada atrae mucho.

 

Lo que se resalta sobre los deberes morales podría hacerse extensivo a los deberes inmorales. Hemos alcanzado un punto de la civilización en que son tales las exigencias de inmoralidad que dentro de poco toda la gente será decente por falta de espíritu de sacrificio.

 

El propio Nietzsche aseveró que una filosofía no es más que la expresión de un temperamento. Nada importa excepto a la manera en que nada importa.

 

Las teorías de un filósofo son la resultante de su temperamento y de su época. Son el efecto intelectual de su época sobre su temperamento.

 

Así pues, la filosofía de Friedrich Nietzsche es la que resulta de su temperamento y de su época. Su temperamento era el de un asceta y el de un loco. En su país, su época fue de materialidad y de fuerza. Fatalmente, resultó una teoría donde un ascetismo loco se casa con una (aunque fuese involuntaria) admiración por la fuerza y por el dominio. La consecuencia es una teoría en la que se insiste en la necesidad de un ascetismo y en la definición de este ascetismo como un ascetismo de fuerza y de dominio. Donde la asunción de la actitud cristiana de la necesidad de dominar sus instintos, convertida aquí —merced a la contribución proporcionada por la locura del autor— en la necesidad de dominar toda especie de instintos, incluyendo los buenos, torturando el alma propia, el temperamento propio y se abre la noción del delirante.

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Pues cuando haya liquidado todos sus vestigios, cuando la vida y la de los otros deje de parecerse a unos títeres de cuyos hilos tirará para reírse, una diversión de fin de los tiempos, será entonces el ser puro, esa “unidad” dialéctica de la que habla el primero el maestro Heráclito de Efeso.

 

Aprendemos a construir una dialéctica de la razón o una dialéctica ilustrada, desde el diálogo y desde la comunicación pero esto Nietzsche lo desafió gravemente al hilo de ese maldito yo y de esos títeres.

 

Pero me negué a dejarlo solo con su idea de eternidad dialéctica en su mundo tan jadeante.

 

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La transvaloración de todos los valores.-

 

Lo que sí efectivamente Nietzsche es en teoría, es un opositor del hedonismo ético. Y en este sentido que albergo aquí, a Nietzsche, sí, lo considero un racionalista también, pero no porque haya construido una lógica del lenguaje, ni un sistema de filosofía, sino porque se da cuenta mucho antes que nadie de la clave psicológica y la fuerza por la que se mueven los movimientos sociales. Construye la realidad por “modelización” de la realidad, es decir, por la presentación de su fuerza, y no por la mera logificación del lenguaje, y, en cierta manera, se da cuenta del “hecho institucional” y de la fuerza que tiene este hecho en la misma experiencia de los hechos de los pueblos y en la forma de reproducción de los mismos, así como de los movimientos que se sucederán después, en forma de revolución o de transvaloración ética.

 

Es esto, la fuerza de la realidad, y no el lenguaje en sí -aunque también puede serlo éste por su fuerza institucional que no podemos olvidar-, lo que constituye la dinámica y la alteración constitucional de la racionalidad. Es esto lo que da sistematicidad orgánica a un lenguaje, su fuerza de sentido psico-social y su validez normativa.

 

La racionalidad se puede construir no sólo por “logificación” sino por “modelización” de la realidad y esto usted tiene que saberlo para no caer vencido por cualquier positivismo o lógica del lenguaje.

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Según el acostumbrado razonar occidental los opuestos se enfrentan, no se abrazan. Su choque es la energía operativa, el motor de este nuestro mundo actual, irreductiblemente polarizado.

 

Pero el modo de razonar en Oriente se funda en la armonia del Todo: los opuestos no chocan, se complementan, generan la Unidad toda pura energía.

 

Y esto lo sabe también Niezsche al hablar del eterno retorno. Y todo es una parábola, su simbolismo y carga metafórica. Y todo entra en un “vacío” al mismo tiempo, que es el que revela esa idea de eternidad y profundidad.

 

Como ya ocurrió en Nietzsche, quien por así decirlo medió entre el reduccionismo naturalista y la crítica total a la razón del posmodernismo, se acepta con frecuencia la autocontradicción performativa de la argumentación, y aún se cultiva como medio de expresión del filosofar. Se diría que, tras el fracaso de tantas utopías racionales, en ella reside una nueva fascinación por lo subversivo para los jóvenes filósofos de nuestro tiempo. Pero precisamente el destino de Nietzsche, su propia demencia mental, a quien se vuelve a invocar con entusiasmo, debería prevenirnos contra la posibilidad de aventurarse de verdad por el camino de la autodestrucción total de la razón.

 

Y hay un aspecto racional no obstante que no resulta rebasado ni por el mismo Nietzsche, que es su capacidad de argumentar en el devenir histórico.

 

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La Genealogía de la Moral.-

 

Nietzsche es contrario a todo tipo de razón lógica y científica, y por ello lleva a cabo una crítica feroz a la razón especulativa y a toda la cultura occidental en todas sus manifestaciones: Religión, Moral, Filosofía, Ciencia, Arte...

 

Nietszche se preocupa primero de la cuestión de cómo nace el judaísmo, y consiguientemente, cómo el cristianismo nace también de aquí y de una transgresión de los valores.

 

Distingue dos clases: la de los señores y la de los esclavos. La clase de los señores a su vez está compuesta de dos castas: la guerrera y la sacerdotal, las cuales valoran aristocrática o sacerdotalmente.

 

Ambas castas son rivales. De esa rivalidad se da el salto de una moral de señores a una moral de esclavos, ya que los sacerdotes movilizan a los esclavos (débiles, enfermos) contra los guerreros (clase dominante). Esa movilización es posible invirtiendo los valores aristocráticos, creando una moral de esclavos (con los judíos comienza la moral de los esclavos) heredada y asumida por el cristianismo. Solo así el sacerdote triunfa sobre el guerrero.

 

El primer tratado de su obra “Genealogía de la Moral” se titula «Bueno y Malo» (Gut und Böse). Bueno y malvado, es una psicología del cristianismo, donde hace un análisis del surgir del espíritu del resentimiento contra los valores naturales o nobles. Este análisis es un primer paso para llegar a la transvaloración de todos los valores.

 

El Segundo tratado es una psicología de la conciencia: «culpa», «mala conciencia», etc. El ateísmo consiste en no tener deudas con los dioses: en una segunda inocencia. La crueldad aparece como uno de los más antiguos trasfondos de la cultura.

 

El tercer tratado es una psicología del sacerdote: ¿Qué significan los ideales ascéticos? El ascetismo es una crueldad consigo mismo y con los demás. Hasta ahora no ha habido en la tierra más que un ideal ascético. Pero ahora hay un nuevo ideal: El Superhombre.

 

Como véis, Nietzsche también se contradice consigo mismo, se da cuenta de que la cultura nace de una transvaloración de los valores, ese ideal guerrero para él sigue siendo el fundamento primigenio del orden, pero después habla de un superhombre y de un ideal ascético, es decir, él mismo tiene un orden de valores que se impondría también al ideal guerrero.

 

Pero lo indudable de su aportación es que se da cuenta antes que nadie de cómo se configura esa inversión del orden para que pueda nacer la cultura.

 

El ideal guerrero no es un buen ideal, él habla de una voluntad de poder, de un superhombre que debe tener ciertas cualidades.
Y también por este orden quiere invertir los valores, porque lo que él denuncia es la inversión primera. La que llevó al judaísmo a rebelarse y luego al cristianismo.

Después Freud más bien lo que hace es ver en esta fuerza el motivo de cómo vence la idea del monoteísmo, y al mismo tiempo busca en la violencia cultural también el modo como el cristianismo ha triunfado.

 

Ya a partir de ahí la historia de los distintos pueblos europeos o próximos a oriente se ha ido elaborando pero siguiendo el impulso de la modernidad y de los nuevos Estados.

Hoy ya no podemos decir que ninguna ética o religión responde a una inversión de valores, hoy responden a sus propias concepciones simbólicas, a un universo de legitimación del orden, ya no buscan la revolución, sino un orden racional.

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danke fürs freunde sein… liebe Grüße, saludos cariñosos!!!

 

 

Epílogo.-

 

Y por proseguir en nietzscheana vena se esconde siempre un humano, demasiado humano "¿qué quiero hacer?". La razón, que la postmodernidad exclusivamente funda en el principio de subjetividad, y en que su transición al "nosotros" tiene un componente hegeliano, se reducirá para Nietzsche a “pervertida voluntad de poder”.

Si no, se puede terminar como Pascal -con todos mis respetos- pero con todas sus locuras de los santos, o bien como el mismo Nietzsche que se supo defender de la santidad pero terminó dando rienda sueltas a sus inclinaciones naturales y a todas las locuras de los griegos trágicos.

De una lectura de Nietzsche la misoginia nietzscheana podría tener raíces más profundas que las que asoman en sus “espantosas diatribas” contra las mujeres, busca la genealogía de algo para descubrir su origen, si el sello del padre no da la legitimidad, en los orígenes está que somos nacidos de mujer, por tanto es una genealogía impugnada pero que lleva a una misoginia que representa, por otro lado, rasgos patriarcales.

 

La sospecha de Nietzsche parece ir en esa dirección cuando apunta que la moralidad podría no ser, después de todo, más que un recurso de los impotentes para evitar por medio de ella ser sojuzgados por los poderosos.

Aun así pudiera hablarse de principios morales universales- su puesta en ejercicio dentro de una sociedad concreta acabaría de modo inevitable desvirtuándolos y poniéndolos al servicio de la estrategia de la clase dominante, que tiende a la preservación de su dominio. Y esto tanto más fraudulentamente cuanto más hincapié se hace, aquí entroncamos también con la filosofía de Marx, otro filósofo de la sospecha.

El panorama con que se concluye es cualquier cosa menos alentador. Más bien se abre una predisposición abiertamente retrógrada a hacer fracasar el proyecto de la razón. Pero es preferible partir de aquí, de los “contrailustrados”, “antiilustrados” o “postilustrados”, en resumidas cuentas, de los postmodernos, para consolidar estos argumentos de crítica a la pretensión de universalidad, y a la cabeza de los cuales -en el papel de gozne, “tornavía” o guardaagujas responsable del cambio de dirección operado en el pensamiento de este siglo- habría que situar en el siglo pasado a Nietzsche. Porque en la pretensión de universalidad no se esconde lo mismo que en la universalidad consumada, hay algo de irrebasable en la razón universal y en la razón ética, pero era necesario que la misma razón nietzscheana diera ese giro.

El filósofo Friedrich Nietzsche, dando álito a la razón pero no sin ironía, distinguía a los seres humanos del resto del reino animal diciendo: “Los humanos son los únicos animales capaces de hacer y mantener promesas”.

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