En el inicio del proceso de desaprendizaje hay dolor.
El sentido de no pertenencia o la sensación de estar rodeado de una estructura opresiva; la confusión, la pérdida de las referencias habituales o incluso la falta de emoción y un cierto rechazo al entorno pueden adoptarse como forma de dolor.
Tras esa etapa de confusión se inicia un proceso de cuestionamiento.
Empieza con una sensación de que algo es injusto, con la necesidad urgente de comprender y de confrontar. Por supuesto, surge la resistencia al cambio. El proceso de desaprendizaje debe mantenerse contra viento y marea: implica que la persona desarrolle coraje y confianza en sí misma, pues el proceso puede ser solitario y largo y requiere la apertura a nuevas ideas y la sensibilidad necesaria para asimilarlas. Sobrevivir implica, para nuestros instintos básicos, cautela y desconfianza. Pero sobrevivir es también sinónimo de riesgo. La vida necesita imperativamente renovarse para no estancarse.
Desaprender es un proceso, no un destino.
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Comenta Matthieu Ricard, el científico francés que se covirtió en monje budista y que en 2006 fue declarado por los especialistas en neurociencia “el hombre más feliz del mundo” -obtuvo una puntuación inalcanzable en un estudio sobre el cerebro realizado por la Universidad de Wisconsin, Estados Unidos-, que existe un camino distinto, por el que abogan determinadas filosofías como el budismo, que consiste en no reprimir los deseos, pero tampoco en darles expresión ilimitada sino en intentar liberarse de estos deseos y emociones negativas. Muchos filósofos de la tradición occidental han recomendado este camino, sin llegar a sugerir una técnica práctica para llevarla a cabo. ¿Renunciar a los deseos, sin reprimirlos? Pero ¿cómo? El budismo sugiere un camino muy concreto que encaja razonablemente bien en determinados avances científicos en materia de conocimiento de la mente y en la forma de funcionar de las emociones, lo que explica en parte su atractivo para muchos occidentales.
El monje Ricard reprocha al psicoanálisis que se recrea y exacerba los pensamientos, emociones y fantasías que nos habitan. “Los pacientes intentan reorganizar su mundo cerrado y subjetivo como pueden, expresando incluso aquellas energías destructivas y negativas que tal vez conviniese desaprender. Con este sistema clásico, no podemos librarnos de nuestros fantasmas emocionales sino que nos anclamos en ellos, porque nuestro esfuerzo se centra en encontrar la forma de expresarlos de la forma más segura posible, o en todo caso en eliminar o desactivar facetas o expresiones concretas -anecdóticas- de estas emociones negativas”.
El budismo, explica Ricard, considera en cambio que los conflictos con los padres, u otras experiencias traumáticas, no son causas básicas, sino efectos circunstanciales. La causa básica del problema radicaría en la confusión de la persona con su ego, que le hace sentir atracción y repulsión, deseos continuos y la necesidad de protegerse de los que el ego ve como peligros para su supervivencia y disfrute. Las técnicas de meditación que recomienda el budismo se centran en el convencimiento de que las emociones negativas -el odio, el deseo, la envidia, el orgullo, la insastifacción...- no tienen el poder innato que pensamos que tienen. Son sólo, según esta filosofía, espejismos que asaltan nuestra mente, crecen de forma desproporcionada y nos encierra en un teatro mental peligroso.
“Para desactivar estos pensamientos o emociones -sugiere Ricard- hay que saber reconocerlos antes de que desencadenen toda una ristra de emociones negativas de la que luego es muy difícil escapar. Esto se consigue aplicando un antídoto para cada emoción o pensamiento negativo. Con la práctica, nos acostumbramos de forma natural a liberar estos pensamientos cuando llegan a nuestra mente sin demasiado esfuerzo, y los sedimentos rocosos del inconsciente se convierten en hielo que se derrite a la luz de la consciencia”.
En pocas palabras: en lugar de intentar deshacer la madeja compleja del problema inicial -el conflicto familiar, por ejemplo-, vamos directamente a desarmar el poder de convencimiento que tienen las emociones negativas, y que consiste básicamente en asustarnos y ponernos en guardia de forma inconsciente.
El pasado nos bloquea a base de miedos condicionados inconscientes o conscientes. La resolución de estos conflictos no implica necesariamente la renuncia directa a los deseos, sino enfrentarse a los temores y miedos que subyacen estos deseos. En la base del temor está el miedo a sufrir, a necesitar cosas externas que en realidad podrían ser meros espejismos. El sufrimiento, cuando nos sirve para indicar los espejismos emocionales y mentales, resulta doloroso pero vano: sufrimos de forma inútil.
Si en cambio utilizamos el dolor como una brújula que indica cuándo algo no está bien y aprendemos a desactivar los miedos que lo producen, resulta tan útil como las varillas que detectan las bolsas de agua bajo tierra.
Enfrentarse al miedo se convierte así en una herramienta decisiva para vivir mejor. Según Lucinda Bassett, fundadora del Midest Center for Stress and Anxiety, la ansiedad “anticipatoria” -el temor anticipado a que las cosas vayan mal- funciona como una pared que impide conseguir las metas deseadas. Es necesario encararse con los miedos, reconocerlos y seguir adelante a pesar de ellos. Atravesar este muro mentalmente, a pesar de la ansiedad y el miedo, y contemplar la vida que nos espera al otro lado, puede ser liberador.
Cuando uno se enfrenta a una batalla sin enfrentarse al miedo, a la infelicidad y a la obstrucción, podemos ganar una vez, pero estos elementos se presentarán de nuevo, inevitablemente. Si evitamos, reprimimos o ignoramos el miedo, siempre tendrá más poder sobre nuestra psique y nuestras emociones que nuestra voluntad.
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