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La Coctelera

la estrategia de “limitar” y la estrategia de “deslimitar” el riesgo de disentimiento, lo ligado a la institución lo está también al deseo

12 may 09

Los miembros de la comunidad tienen que poder suponer que en una libre formación de la opinión y la voluntad políticas ellos mismos darían su aprobación a las reglas a las que están sujetos como destinatarios de ellas.
 

Por lo demás, este proceso de legitimación queda convertido en ingrediente del sistema jurídico, ya que frente a las contingencias que comporta el amorfo afluir de la comunicación cotidiana, necesita él mismo de institucionalización jurídica.
 

Sin embargo, el permanente riesgo que representa la contradicción, que representa el decir que no, queda institucionalizado en forma de discursos y convertido en la fuerza productiva de una formación de la opinión y la voluntad políticas presuntivamente racionales.
 

Esta restricción y limitación de la comunicación que en otro tiempo se vinculada a la institucionalización, dependía de una legitimización sacra; por tanto el ordenamiento no se podía contradecir, si se hacía se podía caer en una contrarrevolución o se ponía en peligro todo el sistema; es lo que hablábamos cuando tocamos el tema de Nietzsche y de la transvaloración de todos los valores morales; a través de la institucionalización racional de la misma veremos ahora que se pueden transvalorar estos valores pero que la institución permanece fija y no se cuestiona; es la forma moderna y racional del Derecho.
 

Esta doble codificación remite a la circunstancia de que la positividad y la pretensión de legitimidad del derecho tienen también en cuenta esa deslimitación de la comunicación, que hace que por principio todas las normas y valores queden expuestos a un examen crítico.
 

La desestabilización generada por un disenso fundado se evita haciendo que los destinatarios no puedan poner en cuestión la “validez de las normas” a que se ajustan en su comportamiento.
 

Este “no poder” cobra un sentido articulado en términos de racionalidad con arreglo a fines, pues el modo de “validez” de la norma también ha cambiado. Mientras que el sentido de la validez de las convicciones asociadas con la autoridad de lo sacro “facticidad” y “validez” se fundían, en la validez jurídica ambos momentos se separan: la aceptancia impuesta del orden jurídico todos la distinguen de la aceptabiidad de las razones en que se apoya la pretensión de legitimidad de ese orden jurídico.
 

Esto se comprenderá mejor diciendo que el derecho moderno permite sustituir convicciones por sanciones dejando a discreción de los sujetos los motivos de su observancia de las reglas, pero imponiendo coercitivamente esa observancia.
 

Mientras que las instituciones apoyadas en una imagen sacra del mundo fijan mediante delimitación y restricciones de la comunicación las convicciones rectoras del comportamiento, la garantía que el Estado moderno asume de imponer el derecho ofrece un equivalente funcional de la estabilización de expectativas mediante una autoridad sacra.
 

Hasta entonces ese Derecho había venido entrelazado con una eticidad convencional apoyada en la dimensión de lo sacro. Y había que inventar un sistema de reglas que asociara, a la vez que diferenciara en términos de división del trabajo, ambas estrategias, a saber: la estrategia de “limitar” y la estrategia de “deslimitar” el riesgo de disentimiento que la acción comunicativa lleva en su seno.
 

Una comunicación, ahora deslimitada así, sin desmentirse a sí misma, quedar descargada, o sustancialmente eximida, de operaciones relativas a integración social.
 

En condiciones modernas de sociedades complejas que en vastos ámbitos de interacción exigen una acción regida por intereses y, por tanto, normativamente neutralizada, surge esa situación paradójica en la que la acción comunicativa, suelta, deslimitada, liberada de sus viejos límites, suprime en ella toda barrera.
 

El encargo que ahora recibe de asegurar y operar de la integración social, no puede pretender desempeñarlo en serio, pero tampoco puede pretender quitárselo.
 

Es decir, si decide echar mano de sus propios recursos, la acción comunicativa sólo puede domesticar el riesgo de disentimiento que lleva en su seno aumentando ese riesgo, a saber, estableciéndolo duraderamente.
 

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Sin embargo, la institución medieval nos muestra a todos su "reserva", y semejante ostentación para manifestar el silencio nos advierte que la inocencia pertenece al poder de la institución y solamente a ella. Tú debes ser "evitado" (excomulgado vitandus), nos dice o nos decía.
 

Sin embargo, ahora la moderna institución nos dice: “Pero tú no, tú no estás loco. Tú eres de los amables súbditos de la sonrisa”.

La locura, en tanto que empuja a actos ilícitos, a menudo es percibida a través de las penas enviadas desde arriba para castigar al género humano por su pecado original (a igual que las enfermedades, el dolor, etc.). Volvemos a los fundamentos de la auotridad sacra, que ahora se han perdido. Pero ahora el derecho penitenciario es una de sus ramas para el establecimiento asilar y su rebaño de reclusos. Pero tú no, tú no estás loco.
 

Esta es la experta tesis de Michel Foucault: ¿Puede el loco cometer una falta y ser penado por ello? Todos estos temas que fueron perfeccionados en la Edad Media hasta una finura premeditada, hoy día están censurados en el reparto de la comedia del mundo moderno. Hoy día se puede decir cualquier cosa, pues lo importante es que ello nos permite seguir observando la ley. Y hasta cierto punto las convicciones han sido sustituidas por las sanciones. Pero esto no se puede sostener fácilmente. Aquí nos haría falta otro Faucault y otro Nietzsche, que vendría a interrogar a las instituciones democráticas del discurso y la acción comunicativa. En principio, es un logro, habernos separado de las instituciones medievales, pero ello no quiere decir que no se pueda o se deba hoy día poner un límite para la locura; debe existir una forma de límite de la salud mental también.
 

Lo que nos dice Faucault es que la institución funciona a "teatro cerrado" por una doctrina del encierro, y esta idea que realmente hay que perseguir, pues la institución ella misma se ha convertido en una forma de locura, y en el ojo de investigación de la insania mental. No obstante, aplaudimos las nuevas tesis de la acción moderna comunicativa de Jürgen Habermas y su experta tesis también.

¿Qué papel cumple aquí la antropología o la sociología? ¿Una antropología que esté libre de movimientos también? Desengañémonos, la institución sigue cumpliendo su papel de reserva.

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La realidad es que todo lo ligado con la institución está relacionado con el deseo y con una verdad que va más allá de la verdad, y que además es así porque nos procura la tranquilidad y la seguridad, y lo es a través de su prestancia, de la transparencia de su discurso y de la palabra portada a través de la Ley.

Así la institución tiene todavía un poder sobre el silencio, que no ha sido interrogado del todo. No sólo la verdad del discurso o la negación del discurso está en cuestión, sino su verdadero poder de censura. Adonde queda el loco y el excomulgado nuevamente y que no pueden decir su verdad y que si la dicen en medio de la locura, nadie la va a escuchar.
 

Faucault nos habla del lazo del deseo y de la locura humana, por medio del papel de la razón y del desenmascaramiento de las instituciones llamadas humanas, o ciencias humanas y sociales.


El problema de la legitimación surge inevitablemente cuando las objetivaciones de orden institucional, hasta ahora histórico, deben transmitirse a una nueva generación, al llegar a ese punto el carácter auto-evidente de las instituciones ya no puede mantenerse por medio de los propios recuerdos o habituaciones del individuo, la unidad de historia y biografía se quiebra, para restaurarla y volver inteligibles así ambos aspectos de ella deben ofrecerse "explicaciones" y justificaciones de los elementos salientes de la tradición institucional, este proceso de "explicar" y justificar constituye la legitimación.

 

La legitimación consiste en lograr que las objetivaciones de nivel preteórico, autoevidente e histórico, ya institucionalizadas, lleguen a ser objetivamente disponibles y subjetivamente plausibles, y la función de "integración" está entre su propósito típico y que motiva a los legitimadores.
 

Finalmente los universos simbólicos constituyen un último nivel de legitimación y abarcan el orden institucional en una totalidad simbólica.
 

Las instituciones están ahí, el lenguaje construye el edificio de la legitimación, los procesos de habituación y de institucionalización sirven para crear integración funcional o lógica, pero el hecho empírico queda en pie y a priori no puede suponerse. No obstante, el universo simbólico es una pieza fundamental que lo resguarda. Así muchas áreas de comportamiento sólo son relevantes para ciertos tipos de colectivos, ciertas diferencias pre-sociales, como el sexo, o diferencias producidas en el curso de la interacción social como las que engendra la división del trabajo no tienen por qué integrarse en un sólo sistema coherente; sin embargo se integran en esa totalidad simbólica que le da cohesión social.
 

Los momentos dialécticos, pues, de la realidad social son tres: la sociedad es un producto humano, el hombre y el mundo social interactúan, la sociedad es una realidad objetiva (externalización y objetivación de la realidad), y por último el hombre es un producto social (internalización). Si uno de estos tres momentos se omite el análisis de la realidad social será distorsionado.

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