Los trabajadores del saber: hacia una nueva clase dirigente y una praxis democrática
15 may 09Me interesa conectar con una nueva idea que descubro a partir de Peter Drucker que está en la consonancia de la transformación de la información en Conocimiento, que da lugar a la parte central de una idea nueva de la sociedad.
En un libro de Adela Cortina, “Ciudadanos del mundo, hacia una teoría de la ciudadanía”, se habla de este autor y de su obra “La sociedad postcapitalista; la gestión en un tiempo de grandes cambios”.
Drucker viene defendiendo desde hace algún tiempo que la sociedad de futuro es la sociedad del saber, en ella la verdadera riqueza será el saber y concretamente lo que denomina “conocimientos”, en virtud de los cuales una persona es capaz de aplicar el saber al saber.
Por eso entiende Drucker que al obrero industrial que era el grupo de trabajadores más numeroso de los años cincuenta sucederá el “trabajador del saber”, que a fines de este siglo representará en Estados Unidos un tercio, o más, de la fuerza laboral.
Se trata de lo que Cortina define como una nueva clase dirigente: los “trabajadores del saber”.
Ahora bien, esta “sucesión” no significa que los obreros industriales podrán convertirse en trabajadores del saber adquiriendo esos conocimientos por medio de la experiencia, porque no se adquieren a través de la experiencia, sino mediante un aprendizaje convencional permanente, que no está al alcance de todas las fortunas mentales.
Se producira entonces -vaticina Drucker- una nueva “división de clases”, que ya no tendrá como elemento distintivo la posesión de los medios de producción, sino la posesión del saber.
La clase poseedora lo será de un saber práctico, aplicable, sin el cual una empresa no puede valerse de las nuevas tecnologías, y las clases desposeídas lo estarán a su vez de ese tipo de saber.
Por eso en los países en vías de desarrollo quedará anulada la “ventaja” de los bajos salarios, y tendrán que adquirir el saber para lograr desarrollarse.
La cuestión no es entonces que los grupos sociales estén dispuestos a distribuir las horas de trabajo, sino que existirá un tipo de trabajo no susceptible de ser distribuido.
Y sobre todo que los nuevos trabajadores no constituirán el grupo más numeroso de la población, ni se convertirán en gobernantes, pero sí compondrán -afirma Drucker- la clase dirigente.
Un nuevo conflicto de clases parece, pues, abrirse camino entre trabajadores del saber y quienes se ganan la vida por medios tradicionales y un nuevo reto se presenta al ideal de la ciudadanía ética y democrática.
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Este tema es tan interesante y comprometido y se adentra tanto en una concepción nueva de la sociedad a partir del conocimiento que no me he resistido a transmitíroslo.
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La cuestión principal antes era que las actividades económicas que surgen cuando se trata la materia prima para convertirla en productos acabados obedecen a leyes económicas distintas que la producción de materias primas. El “multiplicador de la industria” era la clave tanto para el progreso como para la libertad política. Y ahora podríamos hablar del “multiplicador de la tecnología” como la clave para la creación de la riqueza social.
Las nuevas tecnologías están cambiando sustancialmente la economía y la sociedad hasta tal punto que se confunde el portador del progreso, la idea del libre comercio, con su causa, las tecnologías. Pero para llegar a las tecnologías antes hay un proceso laborioso de desarrollo de una sociedad.
En definitiva se trata de un saber que en sí contiene la semilla del progreso pero también el germen de su propia destrucción si no se hace o se establece con un proceso por pasos y una evolución que establezca una protección y no una libertad sin límites al comercio, lo que dañaría a las sociedades más pobres económicamente.
Sea cual sea el sector industrial en cuestión o el sector tecnológico, se crea la ilusión paralela de que todos se pueden hacer más ricos con tal de que se conceda al mercado una libertad total. John Kenneth Galbraith llamaba a esto “totemismo del mercado”.
Incluso ahora, los políticos de todo el mundo parecen convencidos de que ha sido la apertura de la economía y su libre comercio, más que sus avances tecnológicos, los que han enriquecido a las empresas de Silicon Valley. Pero más bien, es al revés, primero hay que dejar que llegue la industria y la tecnología, y entonces es cuando se puede liberalizar, pero antes hay que proteger.
Y esta nueva clase del saber no creo que esté fuera de esa creencia popular que existe entorno al crecimiento económico tan confundida. Tal vez el conocimiento de unos pocos esté solapando algo de lo que verdaderamente se está ocultando. No se quiera extender todo el conocimiento, por lo que se estaría globalizando la pobreza.
El desarrollo, así pues, dejaría de entenderse como acumulación de capital y sería más bien como emulación y asimilación de conocimientos.
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Y otro problema que plantea el reto de la ciencia y la técnica es que terminaría con la interacción humana, y en definitiva con la acción comunicativa, y una ética democrática. Pues sería un saber que se acumularía en pocas cabezas, y que además no se discutiría, pues no estaría en manos de ser cuestionado por los deseos o los intereses de otros, sino que se trataría de un saber objetivo, que sólo la ciencia puede estimar o desestimar a través de su falsabilidad.
Así cuando el dualismo trabajo e interacción pasa a segundo plano, por la creciente disposición técnica, al no existir ya dialéctica se produce una cosificación.
Y cuando esta apariencia se ha impuesto con eficacia, entonces el recurso propagandístico al papel de la ciencia y de la técnica puede explicar y legitimar por qué en las sociedades modernas ha perdido sus funciones una formación democrática de voluntad política en relación con las cuestiones prácticas y puede ser sustituida por decisiones plebiscitarias relativas a los equipos alternativos de administradores.
Tendríamos que hablar de dos dialécticas, la dialéctica del trabajo y la dialéctica de la representación.
Las relaciones de produccion y fuerza productiva son sustituidas por la mas abstracta de trabajo e interacción.
Las legitimaciones tradicionales se hacen criticables al ser cotejadas con criterios de la racionalidad propia de las relaciones fin-medio.
Una nueva zona de conflictos, en lugar del virtualizado antagonismo de clases y prescindiendo de los conflictos que las disparidades provocan en los márgenes del sistema, sólo puede surgir allí donde la sociedad del capitalismo tardío tiene que inmunizarse por medio de la despolitización de la masa de la población contra la puesta en cuestión de la ideología tecnocrática de fondo: precisamente en el sistema de la opinión pública administrada por los medios de comunicación de masas.
Hay una nueva ideología frente a la vieja, hay una ilusión técnica a la vez que una nueva relación de dominio.
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Pero lo cierto es que no se puede separar fácilmente empirismo de racionalismo. Ni desconectar la fundamentación teórico-científica de una “teoría crítica” de las ciencias sociales histórico-reconstructivas. Ni el programa cientificista de la unidad metodológica puede explicar y predecir nomológicamente los procesos naturales y sociales, sin ser determinados por intereses a su vez tecnológicos.
Es necesaria también la concepción de una ética de la “situación ideal del discurso” es decir, de la “comunidad ideal de comunicación”.
Esto quiere decir: se necesita considerar la posibilidad de una fundamentación normativa dialógica y teórico-comunicativa de las ciencias sociales reconstructivas y -lo que es mucho más difícil- de la organización democrática de la praxis social.
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No se puede descartar la teoría de la influencia de los medios en los conflictos de intereses económicos, y más en una sociedad actual informatizada en la cual la información es un bien que cobra un nuevo sentido fundamental, de poder e influencia y que rige las actividades económicas, sociales y políticas. Y las cuestiones técnicas no resultan rebasadas por la racionalidad sino que tendrían que explicarse también a partir de un diálogo comunicativo entre la comunidad de científicos y de personas afectadas por un hecho natural o social.
De todas formas hoy todo quiere parecer científico, la ciencia es lo único que avanza, pues la política no parece querer hacerlo, donde en su relativismo parece disolverse cualquier verdad. De ese modo cortamos el nudo gordiano, en vez de desatarlo.
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